Mujeres, pandemia y confinamientos históricos

Escrito por ERIKA PIÑA ROMERO. Facultad de Economía “Vasco de Quiroga”, UMSNH
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Woman Standing Near Store While Looking At the Mannequin by Gyorgy-Bakos, tomada de  https://wunderstock.com/photo/woman-standing-near-store-while-looking-at-the-mannequin_QrTtxVG03Nwc

 

A Gelos y Abril; Arcelia y Flor.

 Hay anfibios que en este tiempo tragan salamandras,

salamandras que construyen mitos de soles que nunca mueren

Breviario accidental, Julieta Piña

Las formas son fondo. Escribir con otras formas no es un ejercicio habitual y se torna intimidante. Y es que la academia tiene sus códigos, hábitos, lenguaje, palabras, su forma pues de expresar y transmitir. Dar voz desde la intimidad y lo cotidiano ha sido un ejercicio de fondo, sin duda. El confinamiento ha sido una oportunidad para aprender y recuperar la sabiduría de grandes mujeres que han hecho de mi andar un lugar para soñar.

La docencia es mi vocación, disfruto cada sesión. El confinamiento cambió mi manera de interactuar con el estudiantado, ahora a través de cámaras y micrófonos. Es difícil leer sus expresiones y es un reto invitarles a tomar la palabra. Reconozco su disposición y esfuerzo por conectarse a una computadora ­–quienes la tienen­– y lamento no poder ayudar a quienes no tienen los medios para acceder y continuar. Las clases han tomado matices inesperados y son reflejo de esa intimidad que envuelve nuestra cotidianidad.

No vivimos de la misma forma el confinamiento estudiantes y profesorado; hombres y mujeres. Detrás de la responsabilidad, disposición y entusiasmo por querer continuar, hay mucho esfuerzo y trabajo. Los trabajos son actividades que hacemos cotidianamente en lugares y formas diferentes, ahora nuestras casas son el centro de todos los trabajos. En casa atendemos responsabilidades laborales, pero también los trabajos domésticos y de cuidados, que además no suelen ser remunerados y por años han sido invisibilizados y no valorados por la sociedad. Detrás de la “normalidad” que todos queremos retomar se esconden realidades y problemas no resueltos: la desigualdad, la violencia de género, la precariedad laboral, la vulnerabilidad económica y social, la brecha tecnológica y el acceso a TICS, entre otras. Todo esto hace que el confinamiento no se viva igual para toda la población.

Las desigualdades de género se expresan en la carga doméstica y de cuidados asociados al trabajo reproductivo además del trabajo para el mercado. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) y el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), señalaron en 2018, durante el Seminario: La Agenda 2030 y el Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe, que las mujeres mexicanas destinamos 50.1 horas semanales al trabajo reproductivo, mientras que los hombres 17.6, es decir, una diferencia de 32.5 horas semanales. El valor de las labores domésticas y de cuidados tiene una participación respecto al PIB entre 13 y 15%; los que destacan en cuanto a mayor participación son: cuidados y apoyo 7.5%, alimentación 4.5% y limpieza y mantenimiento de vivienda 4.4%.

Lo que develan estas cifras es la distribución de los trabajos y cómo los roles de género aumentan las brechas de desigualdad entre hombres y mujeres. En el confinamiento, las horas dedicadas a trabajos reproductivos se maximizaron y con ello la imposibilidad de generar espacios y tiempos para actividades remuneradas, de recreación, ocio y autocuidado. También expresan cómo las mujeres sostenemos la vida en los espacios público y privado; en lo productivo y reproductivo.

En el contexto del confinamiento, el uso del tiempo en trabajos productivos y reproductivos, así como el aporte que las mujeres hacemos desde diferentes espacios, será mayor; también será mayor la vulnerabilidad, el agotamiento (físico y mental) y la pobreza a la que estaremos expuestas. Visibilizar el incremento de los trabajos en momentos de crisis debe dar cuenta de los desafíos en el camino hacia la igualdad y de la conciliación entre la vida laboral y familiar –que hoy en confinamiento comparten el mismo espacio.

En las crisis económicas el sistema se apoya y reproduce en los cuerpos cansados de las mujeres. La profundización de la pobreza en las mujeres, en su sentido más amplio y vista como libertad, es una expresión del expolio sobre los cuerpos en donde recaen los efectos del sistema capitalista y patriarcal, es poner al desnudo las prácticas más privadas e íntimas de nuestra sociedad. El cuerpo como primera fuente de explotación. Así pues, las mujeres estamos en la primera línea de defensa de la vida.

En mi casa, como en la de muchas compañeras universitarias, se viven las jornadas agotadoras, el cansancio, la desesperación y la angustia. Mi experiencia no es extraordinaria, es el común entre mujeres que, como yo, hacemos trabajo (productivo) desde casa, nos encargamos de la provisión de alimentos, cocinamos, limpiamos, cuidamos, somos maestras para nuestros hijos/as y todo ocurre en el mismo espacio y tiempo. El estrés por la demanda de tiempo y productividad laboral, y de tiempo, atención y cuidados familiares, hace que el tiempo y energía para el autocuidado sea impensable.

Diversos colectivos de mujeres en América Latina están elaborando guías, manuales, reflexiones, recetas, cartillas y demás estrategias y materiales para recordarnos que es importante pensar en nosotras mismas. Su sentido último se resume en la concepción de las prácticas de autocuidado como herramientas para la defensa de la vida: amarnos y cuidarnos a nosotras mismas también es un acto político, valiente y congruente.

No es fácil –y menos desde la academia– escribir sobre lo privado. El modesto intento que hago es en realidad un gesto de agradecimiento a las mujeres que, desde su compañía, hermandad y ejemplo, se convierten en mi soporte. Los lazos afectivos, la empatía y sororidad son conceptos que cobran vida día a día en este contexto.

Los roles de género no son destino ni condena, aprendamos a construir otras formas de relacionarnos, de convivir y de trabajar mejor, más igualitarias y justas. Hagamos política que promueva la igualdad en todos los espacios.

Hace años que muchas mujeres hemos estado en confinamiento y aislamiento de nuestro cuerpo, mente y espíritu. Hemos estado solas aun teniendo compañía; confinadas en las jornadas laborales y los indicadores de productividad. ¿Cuál es entonces en realidad el confinamiento y la soledad que la pandemia ha develado?

Visibilicemos y reconozcamos a las mujeres, en particular desde nuestra Universidad, no desde la victimización, el sufrimiento, la entrega, la renuencia, la minoría de edad y la maternidad como principio y fin; hagámoslo desde la igualdad, con acceso a oportunidades y puestos en las tomas de decisiones; con respeto y desde la diversidad; con formas justa de estructurar nuestras relaciones de pareja, de distribuir el trabajo en lo público y privado; con marcos normativos y políticas con perspectiva de género.

Cada día reafirmo más mi compromiso e ilusión por construir una mejor forma de vida. Disciplinariamente mi apuesta es por una economía para la vida, una economía social, solidaria y feminista, con igualdad y justicia para las mujeres. Confío en que se puede aspirar a una vida que valga la pena de ser vivida para todas y todos.


 

ERIKA PIÑA ROMERO

Facultad de Economía “Vasco de Quiroga”

Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

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